LA INFANCIA NO SIEMPRE FUE ASÍ- NIÑEZ EN ARGENTINA Y EL MUNDO


LOS MENORES,,,, UN CONFLICTO PARA SER TERMINADO...




CUANDO LOS NIÑOS SON MIRADOS COMO OBJETO


Coraline: los niños no son muñecos

 ¿En qué se convierte un niño cuando es mirado como objeto? ¿Cuál es el costo de tener padres que no se equivoque jamas? ¿Darías tus ojos a cambio de una madre perfecta?
Coraline y sus padres se mudan. Con los padres tapados de trabajo, sus primeras aventuras son conocer a los vecinos y a un gato que anda por ahí. La nena descubre en su aburrimiento una puerta cerrada en el living. Al día siguiente encuentra la llave y la abre. Un pasadizo la conduce a una casa idéntica a la suya. Este otro mundo está habitado por su “otra madre” y su “otro padre”, que son reproducciones casi exactas de sus auténticos padres; salvo por algo muy importante: tienen botones en lugar de ojos, porque parecen muñecos en vez de personas.
En ese “otro mundo” todo es mejor, sus padres le prestan más atención, la casa está decorada y ordenada, su habitación está repleta de juguetes y la comida es exquisita. Si un trabajador social hiciera un “socioambiental” no encontraría nada, ni un detalle, para objetar. Los dos mundos de Coraline resultan una buena figuración del inconsciente freudiano. La niña va hacia “la otra escena”, El mundo real se encuentra escindido de un mundo perfecto, con padres perfectos, que sólo podrían existir en la fantasía. Pero como les suele suceder en las historias de detectives, a través del detalle conocemos el todo.
De repente en ese encuentro se da lo siniestro y la niña que disfrutaba de la aventura de ir y venir entre estos dos mundos es invitada al para siempre de quedarse allí, junto a la madre-muñeca, pero con una condición: debe permitir que le pongan botones sobre los ojos. El encuentro con lo siniestro, también ocurre a modo freudiano. Lo más familiar se nos torna extraño, justamente como el efecto de un instante de desconocimiento del otro y de sí.
Las madres les hablan a sus bebés como si las entendieran y escuchan sus llantos como si en las inflexiones de la voz de esa personita que apenas controla sus piernas y sus brazos hubiera distintos mensajes. Mensajes cifrados. Porque como madres saben más que nadie qué quieren sus hijos, pero como no son ellas, no lo saben del todo. En ese límite, esa Ley, los cachorros humanos se van convirtiendo en personas. Pero si no hay quien mire, refleje y se pregunte, la identidad queda a mitad de camino y donde debía haber un sujeto el bebé va mutando a cosa, a objeto.
Dondald Winnicott toma esta conceptualización de Jaques Lacan y dice que “el precursor del espejo es el rostro de la madre y lamentablemente muchos niños tienen la larga experiencia de no recibir de vuelta lo que dan. Miran y no se ven sí mismos”. ¿Cómo hace la “otra madre” de Coraline para mirarla con botones en los ojos?
Cuando no son mirados quedan a merced de ser vistos por otros. Algún espejo que ofrezca soporte. Es una suerte de lotería; puede que salga bien, puede que salga mal. Construyen su identidad en torno a algo que les de un cuerpo, una consistencia con la cual existir.
La historia de Coraline nos muestra a una madre perversa (esa otra madre) que hace de sus criaturas objetos y les arranca la vida a través de quitarle los ojos, y, como si esto fuera poco, al cansarse se deshace de ellos condenándolos a la forma de fantasmas (sin imagen).Tan perversa puede llegar a ser esta madre vudú que en caso de no querer que un niño hable, no necesita más que coserle la boca.
Coraline se angustia y huye, pero como todo aquel que se ha atrevido a pasar la puerta prohibida recibe un castigo: ella vuelve a su verdadera casa y sus padres no están. A partir de aquí se propone buscarlos hasta encontrarlos y en ese recorrido liberar a los niños atrapados detrás del espejo. Esos niños son nada menos que fantasmas, niños que cedieron sus ojos y por consiguiente perdieron el alma y sus vidas de antes.
Neil Gaiman escribió Coraline como novela. Pasó de mano en mano. Fue musical, videojuego y película.
Resulta de una sutileza absoluta que el escondite en el cual quedan abandonados a su suerte los niños que no cumplen con las expectativas de su madre, sea el reverso del espejo, lugar donde no reflejan, donde entonces no existen para nadie
En Hamlet el espectro es quien le revela al príncipe la verdad sobre la muerte de su padre, aquí los niños convertidos en fantasmas le muestran a Coraline cuál será su destino si deja que la conviertan en niña ojos de botón.
Los ojos son un precio muy alto, así como Edipo se los arranca como autocastigo al enterarse que Yocasta era su madre, en esta obra, en cambio, los ojos serán el precio por pertenecer al Otro.
La “otra madre” le cocinará cosas riquísimas, su casa será calentita y ordenada, siempre le prestarán atención, pero el costo es ser un objeto que la colme, y con el riesgo inminente de que un día la abandone como sucede con cualquier objeto que guarda en el horizonte una única razón de ser; una razón utilitaria.
Cualquier relación con la realidad es pura coincidencia ¿no? O mejor dicho, como suele suceder con la ficción, permite que nos acerquemos a lo real de una manera dolorosa y bella.
¿Qué más podemos decir? ¡Los niños no son muñecos!

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